CUENTOS DE MAROA

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LOS CIPRIANI
¿Será esto la muerte? – se preguntó por última vez Beltrán.
Bueno, es la primera vez que siento algo anormal y por lo tanto no tengo experiencia al respecto. Decía mi abuela que las personas, antes de morirse, recorren los pasos perdidos. Esto es: ven un resumen de su vida pasada a toda marcha y volumen, en pocos segundos, antes de estirar las patas definitivamente. De todos modos me veo en mis orígenes en Maroa a la orilla del río Guainía. Mi madre, al parirme y recién nacido me llevó al Caño de Aki, pasando el río Guainía, actualmente en Colombia y durante nueve días me purificó en sus aguas, según la tradición de nosotros los Baniba. Consiste en un baño matinal en sus aguas y a las cinco de la mañana se oyen las palmadas de las matronas recién paridas ¡plaf! ¡plaf! sobre nuestras angelicales nalgas, al bañar con aguas del caño nuestro endeble cuerpecito. Algo borroso, pero en seguida me veo en mi escuela de primera enseñanza con mi maestra de turno. Durante varios años allí estuve y mis recuerdos de esa época pasan rápidamente, como algo irrelevante, en mi fugaz vida.

Luego me veo ya adolescente, reclutado por la milicia, para servir al país. Nunca antes había salido de mi terruño y el pasaje por Puerto Ayacucho ya es un acontecimiento grandioso. Nunca antes había imaginado algo así en el contenido de una ciudad.
Mi destino final es la isla de Margarita, donde me mandan mis reclutadores y, sin pena ni gloria, rápidamente como esta visión, transcurren dos años de marchas y contramarchas, con sus raciones de palos incluidos, en un cuartel de mala muerte.
Al salir de baja, para celebrarlo, me fui de parranda hasta quedar limpio y casi indigente. No tenía adonde ir y por eso me fui a Playa el Agua a refrescarme. Ahí construí mi mundo: bañarme todo el día, trabajar cuando y donde quería, sin preocupaciones de ningún tipo y, sobre todo, bebía y comía cuanto quería. Maroa se esfumó, porque me volví un total margariteño legítimo.
En mi nuevo mundo feliz vivía al vaivén del destino. Hice grandes amigos y me enseñaron su arte de pesca que, complementado con el originario indígena mío, juntos, hicimos grandes hazañas para la admiración de todos. Hice de la playa mi querencia y mi sitio consuetudinario. Ahí me podían encontrar mis amigos y la señora para la cual trabajaba prácticamente me adoptó como un hijo. Con ella trabajaba de mesonero en el rancho de palma que como restaurant tenía. La proveía de pescados y mariscos que yo mismo agarraba. No me faltaba nada, ni siquiera mujer e hijos. Mejor dicho era feliz y lo sabía. Así viví 25 años y el tiempo se me pasó demasiado rápido. De mi lejana tierra, ni pendiente. Aunque a veces encontraba gente de allá que en seguida me reconocían por mi característico acento maroeño que no pronuncia la S o por mi apellido corso-maroeño Cipriani, al parecer único en Venezuela, al llamarme mis amigos en voz alta. Entonces conversábamos largo y tendido sobre mi terruño, como la vez que me encontré por casualidad en la playa con el ing° Miguel Guape.
Yo creo que la felicidad, al igual que la vida, tiene su fin y mi tragedia comenzó con la visita de mi sobrina maroeña a Playa el Agua. Alguien me llamó en voz alta y ella, sorprendida porque alguien tenía su mismo y único gentilicio, me abordó. ¡Claro que éramos familia! En su euforia me invitó a regresar a Maroa, donde mi mamá aún vivía. Le comuniqué que era feliz y no pensaba cambiar mi estatus.
Pero el destino, cuando nos persigue, es implacable. Es vista de su fracaso mi sobrina me mandó a buscar con dos amazonenses profesionales del convencimiento humano. No pude resistirme y accedía a irme en medio del llanto de mi madre adoptiva. Nos engañaron, porque aseguraban que pronto me devolverían a mi playa querida. Me fui en busca de mi próximo destino.
Es difícil vivir en Maroa, cuando se es y no se es maroeño. Llegué desadaptado luego de larga ausencia y mis costumbres margariteñas contrastaban, para no decir chocaban, con las pueblerinas. Comencé a trabajar en la Alcaldía y mi tendencia al aguardiente se agravó. Añoraba mi Margarita, pero el camino de regreso estaba cerrado, porque ahora no era ni de aquí ni de allá. Para colmo me estigmatizaron. Porque como casi todos mis hermanos varones resultaron amanerados, yo era un sospechoso, máxime cuando nunca tuve mujer ni hijos conocidos. A un hermano tuvieron que traerlo desde Caracas con las últimas consecuencias del SIDA. Vivió sus días terminales aislado en un rancho aparte, en un anexo de la casa de mi mamá y le pasaban la comida por debajo de la puerta. Cuando por fin murió nadie quiso saber nada de él y fue quemado y transportado en la pala de un tractor para ser enterrado en una bolsa plástica a la orilla de la carretera en un hoyo que la misma máquina abrió y cerró. Sus pertenencias y enseres fue pasto de las llamas. Un estigma familiar en un pueblo pequeño. ¿Será acaso un gen maldito del corso originario que nos afectó?
Hoy, después de dos años de llegado a Maroa, me encuentro aquí en este dilema en un medio acuoso. Todo comenzó cuando me invitaron a la fiesta de la parada del mastro en la isla de Guzmán Blanco, abajito de Maroa. Mis amigos de las eternas parrandas prepararon el viaje en la embarcación con el motor 15. Fuimos, bailamos, comimos y nos emborrachamos. De regreso, al otro día en la tarde, decidimos bañarnos en la playa que queda en la boca del Caño de Aki de mis orígenes, con la infaltable botella de tartuziño brasilero. Decidimos retozar en medio de las toninas que en ese lugar habitan.
Después de un rato, todo pasó todo de repente. Las toninas se convirtieron en bellas damas que me invitaban a continuar la fiesta. Mis amigos no las veían de la bonita pea que tenían. Ellos me llamaban para irnos hasta que se cansaron y me dejaron o ya no se acordaron más de mí. Pero yo quería permanecer con ellas. Nos adentramos en lo profundo y retozábamos con alegría. Anocheció y mis nuevas amigas me invitaron a su casa a continuar la parranda. Pero me advirtieron que su mundo quedaba debajo del agua y que no podría regresar a Maroa de nuevo.
Tuve que escoger y aquí me encuentro, camino a casa de mis nuevas amigas. De todos modos ya estaba cansado de esa vida sin objetivos y de escape de la realidad con parrandas y más parrandas. En los últimos años han seguido esta vía muchos maroeños y sancarleños. Para los demás parientes somos unos borrachos que se ahogaron y mañana dirán que Beltrán Cipriani murió igual. Me buscarán y encontraran mi cuerpo abombado que flotará en las aguas del río, pero mi alma estará descansando eternamente en paz en estos lares subacuáticos. La verdad es que escogimos y nos fuimos a vivir al mundo de los encantos, porque en el otro, los que bebemos sin tasa ni medida, hasta la inconciencia, en el fondo lo que buscamos es la muerte.

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