Cuentos e Historias Amazonenses

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Los alumnos del Colegio Pio XI de 1957. Campeonato de catecismo.
Atrás desde la izquierda: Eduardo  Rodríguez, Graciano Montes, Coro Corito Gómez Luis Pantoja, Heraclio Azavache y Ramón Olivo.
           Delante desde la izquierda: P. Avelino Sánchez, GRACIANO JORDÁN, Clemente Chavarro Pedro Claver Gutiérrez Guape, Monseñor Segundo García Julián Marcano y Tirso Azavache.

¡Oh! ¡Gran Curima!

          Mi amigo Graciano Jordán, entre sus múltiples ocupaciones, además de Juez, fue Prefecto y Jefe Civil de su tierra que lo vio nacer y a la cual, como buen Baré, siempre sirvió: San Carlos de Río Negro, Capital del actual Municipio Río Negro. Siendo Prefecto o Juez, nunca permitió que nadie le dijera su sobrenombre: Morrocoy.

Pero siempre hay alguien muy bromista y pasado que busca burla las Leyes y sobre todo la que él había impuesto: el que le dijera el sobrenombre iba preso.
El amigo Graciano siempre amó las parrandas y en eso estaba cuando un semi desconocido lo saludó muy amablemente:
-  Se le saluda ¡Oh! Gran Curima – le dijo de tal manera y con tanto énfasis que lo invitó a seguir la parranda y continuaron bebiendo. La noche se extendió hasta la madrugada, debido a que el semi desconocido siempre lo alababa:
-  ¡Otra cerveza por el Gran Curima! – no se cansaba de pedir, porque sabía que Graciano pagaba.
El Prefecto, ante tanto halago, lo complacía y disfrutaba de tan honorífico título.
A la mañana siguiente, luego de pagar tremenda cuenta, durante el desayuno, Graciano le preguntó intrigado a su abuelita, Baré pura:
-  Abuela, anoche encontré a alguien de origen Baré y me halagaba llamándome Gran Curima ¿qué quiere decir eso en lengua Baré?
-  Guá hijo, Gran Morrocoy – le contestó la abuela, ante el desconcierto de Graciano.
Enseguida dejó el desayuno sobre la mesa y salió hecho una furia hacia el despacho: le metería todos los años de cárcel a ese insolente. Hizo las averiguaciones pertinentes al personaje y le dijeron que se dirigiera al puerto: “puede ser que aún se encuentre ahí, pues es un extraño al pueblo”. Hacia allá se dirigió y preguntó al guardia de turno; dio las señas y describió el físico del ciudadano. El guardia le confirmó lo que más temía:
-  Si Señor Prefecto: el ciudadano que Ud. describe salió en la madrugada. Por cierto iba bien pelao y aun así me dijo que le saludara con mucho cariño al Gran Curima Prefecto. Lo dejé ir porque indio no se ahoga y menos en su curiara – contestó el guardia.
Sin decir nada Graciano se dirigió al despacho. La próxima vez tendría más cuidado con quien anda.

No me apures que yo voy


El amigo Graciano me debe varios cuentos. A lo mejor lo entreviste en el cielo. Antes de morir me contó éste sobre sus vivencias.

 En cierta ocasión “El Gallo”, un soldador del pueblo de San Carlos de Río Negro, donde era Prefecto, se metió en líos, como siempre, por parrandero.
Dentro de sus aficiones, se metió en líos con un guardia y salieron del bar a la calle a pelear. Las trompadas comenzaron bien temprano un lunes por la mañana, principio de la semaana y el guardia llevaba las de perder. Entonces comenzó a correr hacia su comando en búsqueda de ayuda. Los otros amigos de “El Gallo”, corrieron hacia Graciano en búsqueda de la ayuda del Prefecto, porque si iba preso por la guardia, seguro que sería maltratado y planeado por estos “justicieros”, por “falta a la autoridá”. Graciano se presentó al sitio de los hechos antes que llegara la guardia y decidió poner él preso a su amigo “El Gallo”, como una manera de salvarlo y hasta que se le pasara la pea.
-  ¡Llévenlo al calabozo por orden mía, por escandaloso en la calle! – ordenó a los policías.
Pero “El Gallo” se resistía a ir preso y quería seguir peleando. Entonces Graciano apeló a sus dotes persuasivas y le hizo ver las ventajas de ir preso por la prefectura y aceptó las razones. Entonces estiró el pescuezo (por algo le decían “El Gallo”) de una manera elocuente y señorial, se acomodó la camisa y le dijo delante de todo el mundo:
-  Morrocoy, coy, no me apures que yo voy – para  hilaridad de los presentes, menos del Prefecto que le ordenó a los policías:
-       ¡Métanlo al calabozo el doble de tiempo

Las cervezas vuelan

De San Carlos a Solano hay quizás 25 kms. de mala carretera. Hasta allá se fue Graciano a visitar su amigo Simón García. Y como siempre, se prendió la parranda. Y como siempre se acabó la cerveza fría y en Solano, salvo Simón y la Guardia, más nadie tiene frezzer de kerosen y menos cerveza fría.

La solución era devolverse por la pésima carretera a San Carlos y enratonao. En eso intervino Don Miltiño, brasilero de origen y edad desconocida, que llegó por esos lares en tiempos que nadie recuerda.
-       Eu  va procura cerveziña Don Graciano – les dijo a todos.
-       ¡Que vas a ir tú y dónde piazo e´ brasilero – le apostrofaron todos.
-       ¡Eu va!¡Eu va! – protestaba el brasilero.
-  ¡Bueno. Anda y compra una caja bien fría allá en la bodega del colombiano que está del otro lado, en el raudal de Mavajate! – le dijo Graciano para seguirle la corriente - ¡y te esperamos media hora, mientras nos comemos este sancocho de bocón! – lo despidió.
El raudal de Mavajate, en plena confluencia de los ríos Guainía y Casiquiare, queda como a 20 kms de Solano.
-  ¡Dónde va a ir ese piazo é loco! – decía Don Graciano – Aquí no hay más carros que los nuestros para ir a San Carlos y una lancha tardaría mediodía en ir hasta ese sitio. Vamos a comer nuestro sancocho y que me devuelva mis reales, porque ni siquiera puede robárselos en estas soledades.
Decidieron todos ir a comer y olvidaron el asunto, menos Simón García que, confiado sentenció:
-       Ese viene con las cervezas. Lo conozco.
Justo antes de terminar de comer, con el asunto casi olvidado, oyeron la voz de Don Miltiño que, veloz como el viento, llegaba a la voz de:
-       ¡Eu ja fique! ¡Presto! – con escándalo decía.
-       ¡No pude ser! ¡No lo creo! ¡Cómo lo hizo! – decía Don Graciano asombrado.
Don Graciano no tomó más cervezas. Quería estar consciente de este fenómeno y no fueran a decir que sucedió porque él estaba rascao.
Menos mal que mi amigo Graciano me echó este cuento, años después, sin ninguna cerveza encima, porque tampoco le creería.
-  Y… ¿Cómo lo interpretaría, amigo Graciano? – le pregunté – habida cuenta que esto pasó hace muchos años.
-  Lo he pensado mucho – me dijo – y sobre todo porque ese mismo día interrogué a mi paisano Simón García. Enigmático me dijo: “Así somos los Baré. Ese señor tiene los conocimientos necesarios para volverse BUCÚCURI y recorrer grandes distancias en poco tiempo”. “Pero… ¿Un BUCÚCUR puede con una caja de cerveza? – le pregunté a mi amigo. “Con una y muchas más” - me respondió mi amigo, con ganas de seguir parrandeando. “Compadre: vamos a dejar eso hasta ahí, que a mí se me quitaron las ganas de tomar y no soy BUCÚCURI para irme volando. Tengo que manejar. Adiós” – me despedí.
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