AMAZONAS: AQUÍ TODOS SOMOS DE LA MISMA TRIBU.

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El primer español que vi en mi vida y en Puerto Ayacucho fue “el niño de Triana”, allá por los finales de los años 50 y comienzo de los 60. En realidad así se auto nombraba (nunca supe su verdadero nombre) y, como todo buen sevillano que se respete era, además de ocurrente, torero, “cantaor”, “bailaor” y gitano, tanto en su joven comportamiento de edad sin importancia como en parecido. En esos lejanos años no sabía donde quedaba España, menos Sevilla y mucho menos Triana y tampoco sabía que en realidad existía. Este personaje no dejaba de ser algo pintoresco y fuera de lo común en el Ayacucho aldeano de esos tiempos. Era jugador de fútbol y formada parte de un equipo de lo más variopinto y un sin fin de nacionalidades venidos de otras tierras, aventureros todos, utilizando los vapores de entonces, porque carretera no había: el sastre italiano Garófalo que, como vino desapareció; el otro italiano Livio al cual el pueblo bautizó enseguida como “el piapoco” debido a su alongada nariz y que se enamoró enseguida de nuestra tierra y dejó descendencia; “el negrito ferro” (Antonio Ferreira), que vino de Brasil y solamente nos abandonó porque se murió de viejo. Participó en la expedición a las fuentes del Orinoco, siendo aun un adolescente.
     Los árabes todavía no habían llegado. Todo nos conocíamos y éramos camaradas en las famosas “caimaneras” futbolísticas de la época. El “niño” era un personaje muy singular y siempre los más pequeños le hacíamos rueda en sus cuentos y chistes (para nosotros fantásticos) de su lejana España. Tampoco era ajeno a otros oficios con tal de ganarse el escaso pan de entonces y no era raro ver al “niño” vender una especie de hamburguesa a las cinco de la mañana en diciembre en las misas de aguinaldo, que era, además de las películas del Cine Continental, las únicas diversiones del pueblo, fuera de los cumpleaños y parrandas aniversarios, donde todos participábamos, generalmente coleados. Cuando salía la misa a las seis de la mañana, era el momento de las aventuras: a veces nos íbamos de expedición al cerro Perico, solamente para ver salir el sol; otras, arreglábamos las cuentas pendientes, como la vez que “el mono” Nelson Blanco, llegó ya zagaletón de vacaciones de tanto estudiar en Caracas para técnico industrial y le contamos que “el policía Relancino” nos iba a sacar a cuerazos de nuestro hábitat consuetudinario, que eran los baños en las playas del Orinoco.
- ¡Pues búsquenlo para arreglar esta vaina! – nos dijo a los más pequeños, que enseguida fuimos a hacer el mandado. Vino el policía y nos fuimos todos con retador y retado a dirimir diferencias.
Relancino se quitó el arma: sobraba para defender el prestigio. En las cercanías hicimos la rueda y enseguida comenzó el combate a puño limpio. El careo era parejo: Relancino se estaba jugando su autoridad y “el mono Blanco” nuestra suerte de eternos defenestrados. Pero la juventud del “mono” inexorablemente se iba imponiendo y primero Relancino comenzó a recular, para luego emprender veloz carrera, con la turba nuestra de muchachos atrás, gritándole:
- ¡Párate Relancino cobarde!
Desde esa vez “el mono” pasó a ser nuestro héroe y Relancino continuó siendo el villano, pero desprestigiado y pudimos continuar bañándonos en el Orinoco sin ser molestados.
Antes la vida era más deportiva y llevadera. Ahora cuando pelean es un grupo contra otro y, lo peor, con objetos contundentes. Parece una segunda guerra mundial, con saldo de heridos y contusos. En nuestra lejana y aldeana población de quizás 1.000 o 2.000 casas, las cosas ocurrían, pero todo era dentro del sentido caballeresco. Las diferencias eran arregladas a puñetazos, pero dentro de reglas civilizadas. A la salida de la misa, donde se reunía todo el mundo, era el momento indicado para los arreglos (in)amistosos. Nuestras diferencias eran siempre con la policía, porque nos reprimían nuestra costumbre de bañarnos en el río o de colearnos en las fiestas de la vecindad, siendo menores de edad. Es así que el reto antagonista siempre estaba presente:
- ¡Esta noche cumple año y hay fiesta donde María Antonia y estaremos allá y anda a sacarnos! – le gritaba retador nuestro gallo fino - “el negro Ojeda” – al policía Rincones y sus aliados, también policías.
Pues esa noche allá estábamos todos, policías o no, a la fiesta y a la pelea.
El campo de batalla era cualquier lugar despoblado cercano, para no molestar a los demás invitados. Y comenzaba la pelea del más peleador de los policías contra el mejor peleador de “los estudiantes”. Las armas letales, como los revólveres de la policía estaban prohibidas en el lance y, previamente, las ponían las autoridades a buen resguardo. Y más nadie se metía y todos los demás éramos unos simples observadores que hacíamos la rueda, hasta que todo concluía y algún bando se sentía ganador o perdedor. Pero la revancha sería, con toda seguridad, en la próxima fiesta.
El reto deportivo, además del fútbol, era el eterno reto en voleibol entre el Asilo Pio XI y la Guardia Nacional. Nuestro equipo era imbatible y el prestigio de nuestros rematadores de entonces aun hoy se conserva: Carlos Julio Rodríguez y su hermano Pindaré eran nuestros abanderados. Cuando salían a jugar contra los contrarios no nos dejaban ir y teníamos que seguir las acciones desde lejos, recostados de la alambrada que cercaba el Asilo. ¡Ahí se jugaba nuestra suerte y prestigio y nosotros tan lejos! Ni la Biblioteca ni el edificio de la antigua Gobernación y posterior Instituto Agrario Nacional existían y todo era un solo campo abierto que nos separaba de nuestros héroes en acción. La cerca del edificio de la Guardia tampoco existía y nuestras ansias y vicisitudes volaban de lado a lado, en apoyo a nuestro bando.
- ¡Es el punto final y remató Pindaré! ¿Caería bien la pelota en campo ganador? ¿Ganamos? ¿Perdimos? ¡De aquí no se puede ver! – era el comentario obligado y nuestras aprehensiones se multiplicaban. Teníamos que esperar el regreso de nuestros jugadores: ¡GANAMOS! Y esa tarde los comentarios y elucubraciones nos envolvían: ¡nos sentíamos los reyes del mundo!
En esos tiempos no existían en Puerto Ayacucho teléfonos, televisión o carreteras y los aviones DC 3 venían tres veces a la semana. El mundial de fútbol de Chile solamente lo oímos por radio y ¡como lo gozábamos! Como si lo estuviésemos viendo en una pantalla gigante.
Fue en esos tiempos que “el niño” nos habló por primera vez de una corrida de toros. No podíamos imaginarnos semejante cosa y, para de una vez por todas despejar las dudas, decidió hacer una. Haría la alternativa con nuestros intrépidos coterráneos que habían estudiado el toreo viendo las revistas. Era la primera vez en su historia que Puerto Ayacucho se vestía de luces. Por el ruedo no hubo problemas: con costaneras del aserradero de los curas en Coromoto bastaría para fabricar una barrera; por el toro, en ausencia de tal, bastaría una vaquilla macilenta de los Maniglia para satisfacer las ansias de nuestro indómito “mataor”; de la venta de entradas nadie se ocupó, porque serían gratuitas, con tal de ver las destrezas de los primeros verdaderos matadores de toros del Amazonas.
Empezó el espectáculo de nuestros héroes toreros en el descampado de entonces, donde actualmente está la Urbanización Andrés Eloy Blanco, antiguos sabanales, que también servían de cancha de futbol. Primero fue el local que se lució con la vaquilla. Los presentes aplaudíamos a la vista de tanto valor y destreza de nuestro torero. Ahora le tocó el turno al “niño de Triana”, la estrella de la corrida, quien con una franela de Casuarito que era como una tela acolchada como la de un paño para secarse después del baño y un Blue Jean, como traje de luces, enfrentó la vaquilla. Pero ésta, quizás debido al cansancio, no quería embestir más, haciendo deslucir al torero. Nosotros gritábamos aupando a cada contendiente, pero nada. El “niño” se cansó de esperar y le dio la espalda a la vaquilla en señal de despedida y, sería debido al merecido descanso del animal, embistió por última vez, enganchando al torero por la franela de paño, lo alzó en vilo y lanzó hacia arriba, para caer nuestro héroe otra vez enganchado por la franela en las astas del animal, sin romperse la franela. Es la mejor propaganda que he visto sobre la calidad de una franela.
Los otros toreros y ayudantes corrieron a salvar a nuestro héroe en apuros. Todo terminó en un buen susto. Y los amazonenses vimos por primera vez una verdadera corrida de toros - vaquillas - gracias al primer español que, en mi caso, había visto en mi vida. Años después supe que nuestro valiente torero estaba por los lados de La Urbana y había sido maltratado y puesto preso sin ninguna necesidad. Sentí pena y tristeza por su suerte, pues gracias a él había aprendido que el toreo y los españoles existían.
Tiempos después vinieron otros verdaderos toreros que se quedaron en nuestra tierra, como El Macareno (Julio César Gómez) que, entre sus hazañas, fundó la Taberna del Toro, bar aun existente y tuve la oportunidad de conocer tanto el bar como sus orígenes en la plaza de toros de Guatavita, cerca de Bogotá. Me mostró su arte milenario desde el centro del ruedo, con los pases y verónicas de sus comienzos y con un toro ahora imaginario y donde yo era el único espectador y aplaudía a rabiar, como lo aplaudían miles antes, en sus comienzos, los fanáticos enardecidos.
Y muchos años después de estos hechos estudié en la Universidad del Zulia en Maracaibo, ciudad donde nunca fui a una corrida de toros aun regalándome la entrada y sin embargo los amigos estudiantes y guasones maracuchos me llamaban “el niño de la Capea” (apodo heredado de la UCV, de donde provenía), en alusión a un famoso torero español de la época con tal apodo y a mis desaforadas parrandas y donde, además de las materias de ingeniería,  aprendí qué era “la verga de Triana” (en Maracaibo, persona que se las sabe todas) y - ¡por fin! - supe que Triana de verdad existía y que quedaba en España.
Entonces valoré más al “niño de Triana” de nuestros comienzos y quien ya no era sino un lejano y alegre recuerdo de mi niñez. Y con el tiempo, también estuve en España y en Sevilla y en Triana y - ¡cosas de la vida! - a 500 años de la conquista y más de 50 de esta verdadera historia, han cambiado tanto las cosas, que ahora mi mujer es española y el indio y conquistador soy yo. En verdad, las tribus son siempre afines, no importa que una se encuentre en España o en Colombia y otra en Amazonas.
Puerto Ayacucho ha cambiado muchísimo. Pero a veces siento una especie de somnolencia, de esa en cuya penumbra se reflejan o reviven con alegría los recuerdos de una vida y de una ciudad que pasó.

La Av. 23 de enero de hace 60 años. Las construcciones son: a la derecha el “Colegio 2 de Diciembre”, actual “Monseñor Enrique de Ferrari” y la casa de “Las Nuevas Tribus”; a la izquierda la casa del Sr. Manuel Milano. 

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Carrera de caballos en una festividad de entonces. La salida era en la Avenida Río Negro, entre La Plaza Bolívar  y La Catedral Mª Auxiliadora. La meta era el cruce con la Avenida Aguerrevere. La carrera la ganó, dos veces consecutivas el mismo día, Ponciano (el jinete de la extrema izquierda), colombiano que aquí vivió y murió. El del centro es el entonces niño Oscar  “El Toro” Baloa.

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Asilo Pio XI hace 60 años

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Nota: Esta Crónica y otras  fueron escritas hace 10 años. Aparece en mi libro “Cuentos de Selva Adentro y de Selva Afuera”. Se puede bajar gratis de la red.
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