Puerto Ayacucho: La cuidad que vamos perdiendo

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El desastre desorganizado

       Hace años, quizás muchos años, un 9 de diciembre de 1984, cuando el General Muller Rojas (+) era Gobernador del antiguo  T.F. Amazonas, el Concejo Municipal quiso honrarlo como Orador de Orden el día del onomástico de la ciudad. Asistí y jamás puedo olvidar el insulto que (merecidamente) nos echó.

  

Posteriormente publicó  “Puerto Ayacucho: Sitio de esperanzas y frustraciones” como una pieza oratoria de gran brillo y no era para menos. Nos enrostraba a todos los amazonenses el estado lamentable de nuestra ciudad, producto de la improvisación. Igualmente nos tildaba de parias e hijos de parias (quiso decir otra cosa), cuando en nuestra ciudad, desordenada a todo dar, “no crecían las flores y  habían huido hasta las mariposas multicolores”. Puerto Ayacucho, decía, es producto de la ilusión, de la desilusión y de la improvisación. Nuestros abuelos caucheros, venidos ilusionados de todas partes de Venezuela y del mundo tras la riqueza fácil, regresaron desilusionado y derrotados de la manigua, más pobres que antes y enfermos de paludismo. Y aquí se quedaron. Esa era Puerto Ayacucho. Un producto de la desilusión y ciudad sin ilusión. Al final, luego de llamarnos flojos, nos invitaba (he ahí su grandeza) al trabajo conjunto y productivo, para engrandecer a Puerto Ayacucho y así “volvieran las mariposas multicolores”.
Más recientemente, hace quizás 10 años, la Periodista Valentina Quintero, en artículo que no encuentro y en su Periódico El Nacional, publicó sobre la ciudad lo siguiente: “Puerto Ayacucho es una ciudad típicamente fronteriza y taguarera, que ha crecido en un marasmo de desorden e improvisación. Parece un mercado árabe o persa, con sus buhoneros, calles en mal estado, basura en las calles y pare de contar. Nadie se ocupó de planificar la ciudad y sus calles nacen por todas partes”.
Así nos ven siempre desde dentro y desde fuera. Y todo eso ha empeorado. Nuestra capital es lo que llaman los urbanistas una ciudad enferma: carente de servicios eficientes, desordenada al extremo, con las calles llena de huecos y donde hacen con ella lo que les viene en gana y nadie dice nada. El caos se ha instaurado y reina por todas partes y todo va en peor, porque no hay autoridad que le de un parao a todo eso. Sus habitantes vemos con vergüenza y dolor como nacen los tarantines por todas partes y los espacios de los que andamos a pie y en muletas son tomados de la noche a la mañana – preferiblemente los domingos – por unos vándalos que nadie sabe ni quienes son ni de donde vienen. Solamente aparecen y se adueñan de los espacios impunemente, sin que las autoridades digan nada ni nosotros tampoco. Los talleres mecánicos,  los servicios de lavacarros y los negocios ejercen sus oficios en las calles polucionando el ambientey desplazando al peatón, algo insólito que los ayacuchenses vemos con amargura, por no decir otra cosa.
Aquí mismo, en Colombia, todo eso está prohibido, pero aquí vienen esos “nacionales” a instaurar las prohibiciones de su tierra, ante nuestra mirada inerme de los ciudadanos e indolente de las autoridades.



Este colombiano se adueño de la esquina, la acera y la calle sin que la Alcaldía no dijera ni pio. Ahí había un banco público, donde comprábamos el periódico todos los domingos. Cercó el terreno y el banco, construyó, como siempre, los domingos y puso un estacionamiento particular. En su tierra estaría preso, porque allá si funcionan las leyes. Pero estamos en la Venezuela que todo el mundo hace lo que le da la gana, porque para cuidar nuestra ciudad, no hay autoridad.

Esta vez no huyeron “las mariposas multicolores”: huimos los que comprábamos el periódico los domingos en la esquina de la Avenida  23 de Enero porque el espacio fue invadido por un colombiano que hizo instalaciones permanentes en un espacio del público ante la mirada indefensa nuestra e indolente de nuestras autoridades. Hasta los bancos públicos  que allí existían fueron privatizados y cercados y allí amarraron un caldero con manteca con una estufa a gas, para hacer empanadas (ver foto). Y así es por toda la ciudad. Damos un réquiem y un paso más hacia nuestro entierro como ciudad. Los ayacuchenses, como en el cuento de Julio Cortázar - LA CASA TOMADA - la vamos perdiendo.






La mitad de los electores de Puerto Ayacucho votamos por la actual Alcaldesa con la esperanza que arreglara este problema. Estos dos señores ponen en peligro la vida de los usuarios que tienen que lanzarse a la calle llena de tráfico porque no ha habido autoridad humana que los obligue a reubicar sus tarantines. He visto a señoras en estado de gravidez y con sus niños agarrados de la mano, lanzarse a la calle, con riesgo de sus vidas; también ancianos con bastones o en sillas de rueda hacer peripecias para poder pasar. Los ayacucheros ni siquiera pedimos que los eliminen, sino que les busquen un sitio menos riezgoso y de común acuerdo para que los pasantes usen la acera sin peligro de sus vidas. Ya van 2 ½ años de mandato y el dueño hasta ha pintado su tarantín (hace 4 años era amarillo)  en clara señal que de ahí no lo saca nadie. Sirva estas fotos como notitia criminis en caso de un accidente fatal y en el cual también tendría una gran culpa la Alcaldía, al ser cómplice, pues seguramente le cobra patente de industria y comercio.



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