CUENTOS DE AMAZONAS: ATRAPADO SIN SALIDA

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El principio del mundo fue el vacío: la caída fatal desde el árbol hacia la tierra, previo estampido del Big  Bang del origen del tiempo y comienzo de la vida y de la muerte. Luego, el choque tremendo contra el suelo del cuerpo de mi madre mortalmente herida por el tiro de escopeta de los cazadores. Yo dormía en su regazo, cuando caía la tarde, en lo más alto del árbol del bosque. Creo que ella dormía también.  Pero por mala suerte, se despertó cuando pasaban los cazadores  con sus perros y comenzó a lanzar chillidos de alarma. Fue nuestra perdición. Por suerte para mí, ella protegió mi cuerpo con el suyo que recibió toda la descarga de perdigones. Ya en el suelo mi madre buscó reincorporarse y no pudo. Me buscó y me encontró abrazado a ella. Me abrazó  aún más y me miró con unos ojos que reflejaban la muerte y una profunda tristeza por tener que dejarme tan pequeño, solo y abandonado en el mundo. Gemía, no de dolor, sino de sentimiento. Así expiró, abrazándome y empapándome con su sangre y con  sus lágrimas.
 Así nos encontraron los cazadores cuando nos vinieron a buscar. Tuvieron que apartar violentamente a los perros que nos querían devorar en sitio. A mí, por ser recién nacido, no me mataron. Nos metieron a ambos en un saco y nos llevaron junto con otros animales muertos al campamento. Esa misma noche se comieron una porción de mi mamá, A mí me reservaron no se para que, a lo mejor para comerme más adelante. Pero por ahora me daban de comer y me cuidaban.
Comencé la nueva vida y experiencia de convivir con los humanos. Era para ellos en el campamento una especie de juguete. Me llamaban monín. O simplemente el mono. Era la mascota. Comencé a aprender las cosas de los humanos: a adivinar su comportamiento, hábitos, costumbres e interpretar su idioma.
Crecí y de niño pasé a joven. Los humanos terminaron  su etapa en la selva adentro y decidieron irse y me llevaron con ellos. Fue un viaje largo, de varios días por el río. Al fin llegamos a un lugar que llamaban ciudad, donde  había muchos otros hombres, habitantes con casas enormes, donde convivían muchas personas. Me asignaron por dueño uno de los cazadores y ya no vivía en libertad como en el campamento de la selva, sino preso en una jaula, donde mal vivía y peor comía. Había niños que se divertían conmigo, pero en realidad yo no quería jugar. Me volví huraño y malhumorado. Añoraba mi selva y mi libertad. Contribuía a mi humor cambiante el cambiante humor de los humanos. Comencé a observar sus peleas familiares. La hembra contra su macho. Hijo contra hija y así sucesivamente. Las peleas comenzaban generalmente cuando el hombre venía como loco. Entendía que lo llamaban borracho. Entonces golpeaba a la mujer y a los hijos y los insultaba. La mujer aguantaba, paro a escondidas estaba con otro hombre, en la misma casa. Yo lo veía todo.
Un día uno de los hijos que me pasaba la comida por la puerta de la jaula, se le olvidó cerrarla. Fue mi gran oportunidad  y la aproveché: me escapé hacia los árboles del patio y ahí me quedé. Me trepé en el árbol más alto y vi una mini selva alrededor. El patio del cazador estaba separado por paredes con los otros patios, pero no así los árboles, cuyas ramas se comunicaban entre sí. No era ninguna dificultad para un mono viajar a través de los árboles hacia los patios vecinos. Ahora todos los árboles de la cuadra eran míos. Decidí vivir allí y no regresar a la jaula. Además, había muchos frutos en los árboles, amén de cualquier otra cosa que pudiese conseguir para comer. Mi existencia estaba asegurada, al menos por ahora. 
Primero me dediqué a conocer todo mi nuevo mundo. En algunas casas me querían atrapar para enjaularme de nuevo. Yo siempre me escapaba y por eso desconfiaba de todo el mundo. En otras me dejaban comida y agua en lugares visibles para que me alimentara, sin ningún interés. Yo aceptaba estas dádivas. Eran mis amigos. En otras me corrían a palos y pedradas lanzadas con hondas. Eran mis enemigos. Poco a poco aprendí a diferenciarlos, a quererlos, a apreciarlos y a odiarlos.
 También a los otros animales comencé a descubrirlos y a diferenciarlos. Es así que una especie de tigrito pequeño, sobre todo en las noches, empezó a perseguirme. Nunca me dio alcance, por mi agilidad, pero me molestaba  y tenía que dormir en las ramas más altas. Cuando se juntaba con su pareja durante las noches lanzaban aullidos horribles. Era mi enemigo, sobre todo porque yo no tenía pareja, que ya me hacía falta. Los perros (así lo llamaban los humanos), eran iguales a ellos. También aprendí que los perros llamaban de igual manera a los humanos. Total que no se sabía quién era quién. Cuando estaban en manadas, buscaban atacarme y me hubiesen destrozado entre sus dientes, si no fuera por mi agilidad. Solos generalmente eran indiferentes conmigo.
En un hogar había un perro solo. Era pequeñito y juguetón. Al principio nos quedamos viendo con mutua curiosidad. Era de una raza diferente, muy gracioso. Me ladró con cariño, moviendo la cola y acostándose en las patas delanteras. Yo le correspondí con lo mejor de mi repertorio: gruñí amablemente, di una voltereta sobre mí mismo y me guindé de una mata cercana como un racimo de cambur. Poco a poco nos fuimos acercando más y más hasta que comenzó a lamerme el hocico y yo con mi rabo prensil le toqué la cabeza. Rodamos por el suelo en una lucha desigual pero amistosa (era más fuerte que yo). Nos parábamos y otra vez comenzábamos a luchar. Agarraba mi cabeza entre sus fauces, pero sin hacerme daño y yo lo abrazaba y derribaba por el suelo enredado entre mis cinco patas, contadas la cola. En eso estábamos cuando apareció el amo del perro de repente y se sorprendió mucho. Yo aproveché para correr hasta la mata cercana, donde me puse a observarlo. Él desapareció dentro de la casa y reapareció con un cambur, mi fruta preferida. Me lo alargó hasta la mata, yo lo tomé a la ligera y huí hacia los árboles cercanos.
Todos los días, en ausencia del amo del perro, bajaba a luchar y jugar con mi amigo. Cuando llegaba, siempre huía. El trataba de acercarse y yo de huir, hasta que esto se hizo un juego. Entonces jugábamos los tres. El hombre generalmente observaba muerto de risa mi lucha con el perro. Yo iba perfeccionando las tretas para sorprender a mi amigo en las sesiones de lucha: a veces movía la cola para distraerlo, mientras con mis manos lo atrapaba y trataba de derribarlo; otras: movía mis manos alternadamente ante sus ojos y en sentido contrario, para distraerlo en la mirada y poder entrarle de frente y lo agarraba por el cuello, tratando de derribarlo. Oía que el hombre reía y decía algo como así:
-¡Ese mono es más humano que yo!
Un día de tantos que jugaba con el perro, vino el hombre borracho. Ya no reía con nuestros juegos. Lloraba. Llamó al perro lo acarició y le dijo:
-Tú eres lo único que tengo en la vida. Nadie más me quiere. ¡Cuán solo me siento! - el perro le lamía las lágrimas. Sentí que sobraba en esa familia. Me alejé con el rabo entre las piernas, hacia el árbol más cercano. Yo también lloraba. Yo también sentía. Estaba solo en el mundo, sin compañía. No volví más.
 Busqué la compañía de otros animales. Llegué a la casa de las palomas (así la llaman los humanos) pero se espantaron al no más llegar. Me dejaron como regalo sus huevos de los cuales me harté. Igual hicieron las gallinas (así las llamaban los humanos). Sus huevos eran más apetitosos y grandes. Esperándolas para darle las gracias por el regalo, vino el macho traicionero (gallo, lo llaman los humanos) y me embistió por detrás. Tremendo espuelazo me dio en pleno culo (así también lo llaman los humanos), me revolcó y más muerto que vivo me monté en la mata del patio. Me estaba recuperando de la estocada y mis chillidos (maldiciones, decimos nosotros) se oían en toda la cuadra, cuando vino el dueño y al ver el desastre de su palomar y gallinero montó en cólera, me dijo cosas intraducibles en el idioma monacal y fue a buscar una honda para perseguirme a pedradas por toda la cuadra. Una de las pedradas me acertó en plena costilla y (chillé) maldije a toda su generación. Esa noche llovió. Dormí apaleado, empapado y triste en la copa de mi árbol preferido. Sentí el llamado ancestral de mi selva, pero no conocía el camino de regreso y estaba aislado en una selva rodeado de calles y casas, con humanos por todas partes. Era un mundo al cual no pertenecía.
Conocí a una amiguita por casualidad. Estaba en la azotea estudiando. Yo, siempre curiosos,  me acerqué a la rama cercana a observarla. Ella comenzó a llamarme y, debido a la desconfianza con los humanos, me acercaba cauteloso. Ella comprendió y se fue acercando lentamente. Yo huí. Pero al otro día volví  y allí estaba otra vez con dulces, que es otra de mis debilidades. Me los ofreció, los tomé y me los comí. Ella me observaba y yo a ella. Me tendió la mano y yo le tendí la mía. Bajé y nos pusimos a jugar. Caminábamos agarrados de la mano, como dos buenos amigos.
De ahí en adelante siempre nos veíamos todas las tardes a la misma hora. Jugábamos, me acariciaba y le correspondía con saltos hacia atrás  y chillidos de agradecimiento. Por experiencia aprendí que los humanos cuando están pequeños son buena gente y cuando están grandes pierden su inocencia y se vuelven malos. Aunque hay algunos que parecieran todo el tiempo niños y que nunca maduraran.
Estaba en el patio del cazador que me trajo de la selva. Había una mata de coco (así la llaman los humanos), que no existe en mis montañas originales. Al ver ese fruto tan grande y apetitoso comencé a arrancarlo. Abajo, en un chinchorro, dormía el hijo mayor del cazador. Desprendí el coco que se me escapó de las manos. Pasó rozando la cabeza del muchacho. Desde ese día me odió y me persiguió por toda la manzana, primero con su honda para tirarme piedras y luego con una bácula y si no es por la intervención de unos vecinos, quizás me hubiese cazado. Entonces todos los vecinos se enfrentaron y unos querían  agarrarme para reenviarme a mi selva natal. Otros querían simplemente matarme. Otros se ofrecían cuidarme para siempre, pero enjaulado. De todos modos mi intensión era mantenerme libre en este bosque-jaula.
Así de palo en palo y de rama en rama, de solar en solar y de casa en casa, fui conociendo mi nuevo mundo y su gente. Aprendí a querer a unos y a odiar a los demás. El comportamiento de los humanos hacia mí dependía de su carácter y estado de ánimo. Variaban desde los eternamente dichosos y alegres, hasta los siempre amargados y huraños. En la casa de “los alegres” siempre alegres fiesteaban y bebían hasta el amanecer todos los días, casi. Cuando se emborrachaban, cantaban y bailaban. A veces también lloraban. Yo a veces participaba de sus algarabías desde la copa de un árbol con mis chillidos y gritos, al compás de la música. Todos eran buena gente y jamás me maltrataron. Había también quienes se preocupaban por mi mala suerte. Era una pareja de jóvenes. Pasaba por su solar a saludarlos con frecuencia y los oía comentar:
- “Pobre monito. Tan lejos de su hábitat. Si pudiésemos hacer algo por él. Si al menos le consiguiésemos una monita. Pero entonces serían dos los desgraciados” – eran sus comentarios.
-“Nosotros los conservacionistas debemos hacer algo… ¿pero qué? En el Zoológico viviría peor. ¡Quien cometería ese crimen de traer ese pobre animalito hasta este lugar, horrible para él!”- decían.
Era verdad. Pero yo no conocía el camino de regreso hacia mis orígenes. Hasta ahora había sobrevivido a la convivencia humana. Los que me odiaban era gente amargada, carentes del sentido del humor, a quienes hacía travesuras sin querer hacer el mal, concepto que en mí no tenía sentido. No me habían matado porque otros se oponían y además, por causas que desconozco, no tenían escopetas. Pero sí  poseían las temerosas hondas. Quería explicarles a estos señores que yo no vine aquí por mi propia voluntad. A mí me trajeron. Que lo único que deseo es volver a mi selva, con mis iguales, con una compañera que me estará esperando, a gozar de espacio y libertad. Aquí yo estorbo y ellos me maltratan. Aunque somos familiares cercanos, somos diferentes. En mí no cabe la intolerancia, la envidia y el vicio que hasta ahora he visto entre ellos. Muchos de ellos se parecen a mí en el aspecto y otros en la actitud. No soy de su mundo ni ellos del mío. Y sé que no tengo salida.
Ayer me echaron agua caliente y me quemaron la cola. A lo mejor se infecte y muera. Todavía estoy tembloroso y sufro de espasmos de dolor debido al corrientazo que me descargó el cable pelado que pusieron a propósito. Lo confundí con un bejuco. Desde este árbol, veo la caída fatal como cuando caía de otro árbol, esta vez sin el abrazo final de  mi madre moribunda.

Caricatura de hace 50 años del entonces estudiante de Arquitectura de la UCV Néstor Rafael González Mazzorana, para ilustración del Periódico estudiantil “El Impulso” de la
Asociación de Estudiantes de Amazonas.

Nota: Este Cuento fue escrito hace 20 años, cuando hice vida comunitaria con los amigos Ye´Kuana y Yanomami en el Alto Orinoco durante 3 años. Aparece en mi libro “Cuentos de Selva Adentro y de Selva Afuera” (2012). Se puede bajar gratis de la red.



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