SE FUE VOLANDO (Cuento)

Por: Miguel Guape*

Doña Irma observó como la avioneta dibujaba un semicírculo en el cielo de La Urbana antes de tomar pista y dedujo que no era portadora de buenas noticias, “porque en este pueblo casi nunca llegan los aviones”. Más se asombró  cuando se presentaron su sobrino “AGÜITA”, acompañado del piloto “PEPA E´GUAMA”, seguro pasajero y piloto de la avioneta, proveniente de Puerto Ayacucho.
Tía, la vengo a buscar -  le anunció  “AGÜITA” de manera sombría. 
- ¡Seguro que se murió Edmundo! – exclamó entre llantos incontrolables e inconvenientes para su edad.
-   Edmundo está bien. Fue Yolanda – le comunicó apesadumbrado.

Doña Irma recogió lo necesario para una corta estadía y se fue volando, rumbo al velorio. Allí vio, entre todos los otros familiares, a Edmundo y le habló con cariño maternal:
Veo que estas bien. ¿Por qué murió Yolanda? Parecía llena de vida, según me contaban – demandó precisa.
- ¡Gua tía! La agarró una enfermedad nueva llamada dengue y mientras los médicos averiguaban qué era, se murió. Es una lástima. Era de los hermanos la más brillante. Era Senadora de la República.
Bueno hijo. Cuídate mucho tú. No andes recogiendo latas ni indigente por las calles. Tú tienes una buena familia, empezando por mí, que te queremos ayudar. Hazle caso a tu familia. Vuelve a tu casa que te estarán siempre esperando – lo regañó con cariño.
 Si mi tía – fue lo único que alcanzó a decir ante tan atropellado regaño.

Pasado los funerales, Doña Irma regresó a sus quehaceres y rutina. Pero la muerte nunca descansa y al año volvía la avioneta de los malos augurios a buscarla de nuevo con el mismo sobrino y piloto.
 ¡No me digan nada! ¡Seguro que esta vez sí fue Edmundo el muerto! ¡Pobrecito! –se desató en  lamentos anticipados.
No mi tía. Esta vez fue El Pollo. Lo mató el aguardiente. Más bien creemos que se quería morir, de la manera como tomaba – le comunicaron antes de tomar la avioneta rumbo al velorio.
Este reencuentro, nada gratificante por el fallecido, sirvió sin embargo a   Doña Irma para ver al resto de la familia y entre ellos a Edmundo.
Me alegro que estés bien. Pero no tomes tanto ni andes por las calles pidiendo. Mira lo que le pasó a El Pollo por tomar tanto aguardiente, que no respeta edad – lo apostrofó.
Si mi tía -  le dijo como despedida antes de desprenderse de consejos tan inútiles.

Luego del entierro Doña Irma se despidió de su gran familia, pero a Edmundo no lo volvió a ver.
Habían pasado dos años desde la última vez que Doña Irma tuvo que viajar a causa de los decesos en su numerosa familia. La fatalidad a veces se esconde, pero reaparece y ahí estaba dando vueltas otra vez la avioneta sobre el pueblo y pasando sobre su casa, como preaviso de la desgracia. Vio de nuevo a su sobrino que se acercaba a su casa, siempre serio y compungido. De todos modos ya ella se había acostumbrado a la muerte y esta vez no lloraría como las otras.
Antes que nos preguntes mi Tía. No fue Edmundo quien se murió. Fue Marcos y de tanto tomar aguardiente también – le comunicó el sobrino – te venimos a buscar para los funerales, como siempre
Bueno, iré como siempre y también para reencontrarme con la familia, aunque no me gustan los momentos – finalizó.

       Encontró a sus familiares cada vez más disminuidos y entre ellos, a un Edmundo retraído que le rehuyó todo el tiempo y a quien no pudo abordar en toda la estadía. Regresó a La Urbana con una preocupación acentuada por el pasaje de los años, porque estaba segura que  la próxima vez no se equivocaría el destino  y regresaría para el funeral de Edmundo.

     Por eso, al cabo de un año, no se preocupó mucho cuando la avioneta llegó de nuevo a buscarla. Esta vez la estaba esperando y presta para abordarla. Lo que si le extrañó es que el pasajero no era el sobrino de siempre. El piloto tampoco. Sin embargo estos detalles no le preocuparon mucho y estaba resignada y hasta alegre de abordarla hacia su destino sin nombre. Ya en el avión preguntó a sus ocupantes:
     ¿Se murió Edmundo? – les demandó.
   No Doña Irma. Es Usted quien se murió. La venimos a buscar.  A Edmundo aún le quedan unos añitos de vida – le aclararon amablemente.
     ¡Ah! Con razón no estaba muy preocupada, como otras veces.
    Bueno vamos – les dijo simplemente.
  A todo el que muere le concedemos un último deseo, pues somos muy condescendientes con los muertos. ¿Cuál será el suyo? – le preguntaron al despegar la avioneta.
Luego de pensar un momento les dijo.
   - Como a mi sobrina Yolanda, quisiera que me dieran un último recorrido por mi pueblo que quise tanto – les pidió.
     - Como quiera Doña Irma. Casi todos piden lo mismo. Aunque algunos deciden ir más lejos. Es lo que llaman recorrer los pasos perdidos – le comunicaron.

         Ya en el aire la avioneta inició una vuelta panorámica al pueblo de La Urbana y luego tomó rumbo al sur, volando sobre el cercano río Orinoco, alzándose constantemente, buscando la velocidad sin fin de crucero.



*Cronista Oficial del Municipio Atures

Nota: Este cuento me lo contó Henry Escobar (Cheverito) y aparece en mi libro “CUENTOS DE SELVA ADENTRO Y DE SELVA AFUERA” (2014)  colgado en la red junto con otros cuentos en fundación patriamazonas. También aparecen los libros de otros autores amazonenses.

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