NUESTRA HISTORIA Nº 37 EN LA BÚSQUEDA DEL NACIMIENTO DEL SOBERBIO ORINOCO (I)

DEJANOS UN COMENTARIO
Historia de Amazonas

EN LA BÚSQUEDA DEL NACIMIENTO DEL SOBERBIO ORINOCO (I)

Años: 1928 - 1932

La Expedición de Herbert Spencer Dickey

Por: Miguel Guape*

RESUMEN
El ORINOCO es nuestro Gran Río amazonense, venezolano y mundial. Su Historia está lleno de leyendas, misterio y controversias, como veremos en la presente exposición. También contaremos su historia desde otro ángulo: el Amazonenses, pues, a pesar que el Orinoco nace en nuestra tierra, hemos sido relegados e innombrados, como actores de ínfima categoría en su Historia.

En lo que se va a transcribir y contar en estos Capítulos se manifestaran la  presencia de los amazonenses que en esta tierra vivieron y por lo tanto participaron  en  la  Historia de nuestro Gran Río.
Las fuentes del río se comenzó a buscar desde muy temprano y dentro de esos “descubrimientos” hubieron mucho falsos (como el presente) con exploradores que no asumieron con honestidad su fracaso y son execrados por la Historia. Se comprende que asumieron tal actitud para tratar de justificar el apoyo económico del ente financiador, generalmente organismos de los países adelantados y del gobierno venezolano.

Se verá en el desarrollo de esta Historia que también hubo Amazonenses que de su propio peculio y por lo tanto sin apoyo estatal trataron de realizar esta magna hazaña y que al final realizaron los venezolanos, así la expedición se haya llamado “franco-venezolana”.

El primer explorador remarcable en busca de las fuentes fue Apolinar Diez de La Fuente en 1758, como integrante de la Comisión de Límites. Luego vinieron otros, entre los cuales, la buscaron con dedicación:
- Jean Chaffanjon en 1886, quien aseguró (falso) que la había descubierto.
- El Conde Ermanno Stradelli en 1987. Fue el primero que desmintió a Chaffanjon sobre su llegada a las fuentes.
- Hamilton Rice en 1920, quien masacró a los Yanomami.
- Herbert Spencer Dickey en 1932, quien aseguró (falso) que había llegado.
- A principios del siglo pasado las expediciones de los Amazonenses Rafael Federico (Chicho) González (abuelo del Arqº N. R. González), Paul Sprich, Salomón Kazen y Escobar, todos caucheros de la época. Digo amazonenses porque aquí vivían y aquí están enterrados.
- Algunos otros iniciaron o tuvieron la intención de ese descubrimiento, pero no persistieron ni invirtieron mucho tiempo, dinero y dedicación.

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Todos los exploradores (amazonenses o no) en la búsqueda de las fuentes del Orinoco, desde Apolinar Diez De La Fuente con La Comisión de Límites en 1758, llegaron hasta donde el río es navegable, el Raudal de Guaharibos o Peñascal, como a 200 Kms. del objetivo. Tan solo fue alcanzado por le expedición Franco-Venezolana el 27 de noviembre de 1951.   

Veremos a continuación las expediciones de Herbert Spencer Dickey.

Esta era la segunda vez que Herber Dickey incursionaba en el Amazonas venezolano. Estuvo a comienzos de abril del mismo año 1928. El periódico de Ciudad Bolívar “El Luchador” de la época reseña al visitante de paso.

TRANSCRIPCIÓN
(de algunos párrafos de la reseña)

EL DR. HERBER SPENCER DICKEY Y SU SEÑORA EN CIUDAD BOLÍVAR
SU EXPEDICIÓN A LAS REGIONES DEL AMAZONAS
… publicamos artículo aparecido en el   diario   "La   Prensa",   de Nueva  York,   de   fecha   26   de   julio próximo pasado, referente a la expedición    que     realiza    bajo   los auspicios   del   Museum   of   the   American   Indian,   Heye  Foundation.

“…UNA EXPEDICIÓN MARCHA AL AMAZONAS A ESTUDIAR LAS COSTUMBRES DE LOS PIAROAS.

Nuera York, julio 26. 

Para el primero de agosto se anuncia la partida a las selvas de la América me­ridional del conocido explorador norteamericano doctor Herbert Spencer Dickey, el que irá acompañado por su esposa, que marchan con el propósito de estudiar las costumbres y características de una tribu de in­dios nómadas conocidos por los Piaroas…

por la vía del Orinoco, siguiendo su curso por  una  extensión  de  850  millas  hasta las corrientes de Maipures. De allí viajaran una distancia como de sesenta millas hasta llegar a la localidad habitada por los Piaroas, que tienen sus caseríos en una explanada situada entre los ríos Meta y Vichada.

Según  el  doctor  Dickey,  el  propósito de la expedición principalmente estudiar los hábitos y cos­tumbres de los Piaroas…
Los expedicionarios marchan bajo los auspicios del Museum of the American Indian, Heye Foundation.”

NOTA DEL TRANSCRIPTOR: No se transcribe todo el Artículo debido a las imprecisiones y errores que tiene, a lo mejor aportados por el propio Dickey. P. E.: La región del Meta y Vichada siempre ha sido hábitat JIVI. Lo importante para él era que le financiaran la expedición.

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Noticia aparecida en “El Luchador” el 25 de abril de 1830 y donde Dickey deja constancia de su viaje.

TRANSCRIPCIÓN

EXPEDICIÓN QUE VA A BUSCAR LAS FUENTES DEL ORINOCO

Ayer partió para las fuentes iniciales del Orinoco la expedi­ción exploradora que encabeza el doctor Herbert Díckey.

En la lancha a motor "Miner­va" se dirigen el doctor Dickey, su esposa y demás compañeros en busca de ese enigma formi­dable del nacimiento de nuestro gran Orinoco.

·        Se cree que las fuentes del más imponente río venezolano, están en una región inaccesible de rocas como cortadas a pico, adusta, solitaria, ya que ni los indios mismos saben dar noti­cias de este sitio.

·        Julio Verne en bellísima no­vela nos pinta el inicio del Ori­noco bajo aspecto sugerente, pe­ro quizá el Orinoco carezca de la belleza que le atribuye el inmortal novelista francés, porque lo grande nace sin belleza, aun­que si con señales que pasman por su gesto olímpico.

·        Ojalá el doctor Dickey tenga éxito en su noble propósito cien­tífico en el cual han fracasado innumerables expediciones de igual género, pues de ese modo proporcionaría notables datos a la geografía nacional y mundial.
Nueva York, marzo 21.
 Por los hilos telegráficos de la Associa­ted Press de Nueva York, se nos comunica que "con el objeto de reanudar los esfuerzos para en­contrar las fuentes exactas del río Orinoco, ha salido a bordo del "Dominica" una expedición com­puesta por el doctor Herbert Spencer Dickey, su esposa y otras tres personas”.

Dickey dijo que probablemente la fuente del Orinoco queda a diez días de viaje de la aldea Esmeral­da, entre el Brasil y Venezuela.
La comitiva establecerá su cam­pamente a tres días de viaje, arri­ba de la aldea, y Dickey y otros dos miembros de la expedición se dirigirán en botes de gasolina a encontrar la cabecera del río.

Se   establecerán   aparatos  inalámbricos en el campamento  base de la expedición.
La expedición es financiada por la fundación Haye.
Hace casi medio siglo que fueron encontradas las fuentes exactas del   Orinoco por Chafanjon. Por no citar sino un texto copiamos de la Enciclopedia Espasa: “Tiene sus fuentes el Orinoco en la parte meridional de Venezuela, en la unión de las sierras de Parima y Tapirapecó, en el pico denominado Fernando de Lesseps,  junto a la frontera del Brasil, a los 2 grados 30 minutos latitud norte. Tiene una extensión de un millón de kilómetros y en su curso forma un inmenso arco que encierra la mitad  del  territorio venezolano. "

Seguimos copiando de la Enciclopedia Espasa:
"En los siglos XVI y XVII fueron  muy  imperfectos  los  conoci­mientos qué se tenían del  Orino­co; el mismo padre Gumilla,  que pasó cuatro años en el interior de Venezuela y escribió la famosa obra titulada  "El  Orinoco Ilustrado", poco conocía del río más allá del Meta y nada después del Guaviare.     Las  expediciones  de José Solano en 1754 y las de Diez de  la Fuente, Alférez Bobadilla en época posterior, dieron poco re­sultado   científico;   pero el viaje de Humboldt y de su compañero Aime Bompland, en 1800, proporcio­naron por fin un conocimiento exacto del curso del río y de los países que atraviesa hasta el Jabeta. Las expediciones de Michelena y Rojas, además de aportar escasos datos científicos, dejaron en pie el problema de las fuentes del Orinoco, que la fábula había colocado en un gran lago interior.

Las prin­cipales expediciones fueron la pa­trocinada por el Instituto Smithsoniano  (1867),  la de Montolieu (1872), la de Chaveaux y La Janne (1881) y  por último, la de Chaffanjon. Este comprobó infinidad  de  errores, levantó  la carta geográfica de la región y copió, o moldeó inscripciones grabadas en las rocas de granito de las márgenes. El resumen de los trabajos de Chaffanjon es el siguiente:   “Descubrimiento de las fuentes del Orinoco el 18 de diciembre de 1886, trazado, por rnedio de la brújula, del curso del rio y determinación exacta de su situación geográfica;”.

Fuera de las expediciones del descubrimiento, las otras, inclusive la de  Chaffanjon, descubridor de las fuentes, no fueron molestados por las tribus indígenas del Orinoco, las que se dedican a la caza, a la pesca, a la vida pastoril y otras actividades de trabajo.

NOTA:
- A pesar de los múltiples cuestionamientos, aun en esa época se dudaba si Chaffanjon había llegado o no a las fuentes del Orinoco, como él lo afirmó.
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Dickey a su regreso del “descubrimiento” de las fuentes del Orinoco escribió en “El Luchador” de Cd. Bolívar. Como se observará a través de su lectura, no corresponde al relato de un triunfador, al no mencionar lo fundamental del descubrimiento y solamente cuenta nimiedades.

REMONTANDO EL ORINOCO PARA ARRANCARLE SU SECRETO

EL DOCTOR DICKEY, QUIEN VERIFICÓ RECIENTEMENTE UN VIAJE POR VENEZUELA, CUENTA LA HISTORIA DE SU TERCERA Y FRUCTUOSA TENTATIVA DE LLEGAR AL NACIMIENTO DEL SOBERBIO RIO VENEZOLANO

Aunque no corrimos ninguna aventura propiamente dicha en todo nuestro viaje, teníamos casi siempre accidentes. Se  nos  dañaron los cronómetros, y entonces el radio ­nos daba  el tiempo  con  sus frecuentes avisos. Un rifle explotó en manos de uno de los de la expedición, no hiriendo, afortuna­damente,  sino un  árbol.  Uno  de nosotros  cometió   la   imprudencia de pensar  que  podía,  sin  riesgo, quitar el anzuelo a un caribe apa­rentemente muerto. Una pequeña insubordinación  de los indios nos causó  alguna   preocupación,   pero al fin todo pasó.

Como sucede siempre con indios civilizados, nuestra tripulación de­pendía enteramente de nosotros. Desdeñaban poner el más ligero cuidado en conservar secos los ali­mentos. El resultado fue que todo el mañoco (casabe respado), que usaban en lugar de pan se corrompió. Esto se descubrió pocos días antes de llegar a nuestra meta.    Desde ese momento la tripulación  rehusó  avanzar ni un paso más. No fueron eficaces ni las más severas amonestaciones, y solo pudimos lograr que continuaran dándoles de nuestra ya escasa provisión.
Remontábamos cada vez más fastidiados, pero tenaces. Enton­ces llegamos a un lugar donde el río no era ya un río, sino un arro­yo que caía desde la montaña so­bre un lecho rocoso. Ya no era posible continuar, ni aún con nues­tro único bote, ni por medio ni al­rededor de este impedimento final. Así nos echamos a tierra.
Nuestros indios abrieron una vereda a través de la enredada ma­leza, hasta el más alto pico de los muchos que nos secundaban. Desde aquí pueden contemplarse miles de riachuelos que ruedan por las faldas de las montañas y forman el diminuto arroyo  que luego conduce inmensa cantidad de agua al  mar  Caribe,  transformado en quinto río del mundo.

Nuestro descenso, verificado en una semana, de más de cien rápidos que para remontar tardamos semanas, debió habernos brindado por lo menos alguna emoción. Pero no. Estábamos tan hambrientos,   tan   fatigados,  que nuestra única ligera preocupación era la de mojarnos nuevamente.

El novicio que intenta penetrar a las selvas del Orinoco, se arma de rifles y demás pertrechos. Pa­ra él este es un territorio de mag­nífica cacería, un jardín zoológico lleno de culebras que pasan la ma­yor parte del tiempo colgando de los árboles listas para lanzarse sobre el apacible caminante.   Si en calidad existen las culebras allá deben ser los más modestos y tímidos miembros de su clase. En todo nuestro viaje al Orinoco pudimos ver solamente dos.  Habré visto cincuenta durante más de treinta años de travesía por Sur América y en todo ese tiempo sólo he tratado dos casos de picaduras de serpientes.

Y si el novicio pretende conseguir la alimentación con la caza, mejor sería que la llevase de Nue­ra York en latas bien cerraditas. Es prácticamente imposible que un hombre blanco, calzando pesadas botas quo hacen chirriar los ramitos del suelo, y trajeado con telas que se desgarran entre las innú­meras espinas, pueda cazar al acecho en Ias selvas de Sur América. Un indio puede hacerlo; sin em­bargo, muchas veces después de esperar ansiosamente el regreso de paradores nativos con algo para la comida de la noche, fuimos desi­lusionados, disgustados, a la vis­ta de un fruncido mono y de pá­jaros pescadores que no son de comer, como única recompensa por todo un día de trabajos en busca pe alimento.

Puede uno ser afortunado para matar un tapir cruzando el riachuelo o caer encima de una manada de puercos silvestres bebiendo a la orilla. Estos animales es todo lo que puede encontrarse, con ex­cepción de cierto número de pá­jaros semejantes a un pato. No se puede esperar más de una región  que   ha   sido   materialmente devorada por cientos de indios durante cientos de años.

Los indios primitivos de las forestas del Orinoco  son  criaturas esquivas. Los que han sido civilizados con winchesters y látigo son unos pobres degenerados que se acortan, medrosos, si oyen una voz fuerte, que si alguien marcha ha­cia ellos, levantan como defensa, antes que la cara, los brazos.

Estos odian y temen a los lla­mados indios civilizados de la sel­va, y son, a su vez temidos y odia­dos.

Los que se ocupan del arduo problema de la sierra (Para obte­ner maderas y caucho. Trad.) han empleado siempre en el oficio indios civilizados al tratar de con­seguir hombres y mujeres salvajes. A veces ha vencido el producto civilizado, otras el primitivo. Estas correrías han dejado siempre tras si la matanza, la rapiña y los horrores de la tortura.

 Muy poco hay que decir del po­bre  indio  que  cae  en  manos del hombre   blanco, a menos, quizá, que sea aparentemente  humilde. Pero si hay bastante que decir acerca de su  incivilizado hermano. Trabajo duro, cazando y pescando en   una   región casi despojada de caza y de pesca. Ama a sus niños. Castiga con la muerte al burlador del afecto de su esposa. Quiere siempre estar solo. Traiga el visi­tante los beneficios de una conso­lación espiritual, o sea meramen­te un curioso explorador, siempre el hombre primitivo de la selva sostiene que ha podido mantener durante  siglos  de una existencia cuyas condiciones no desea cambiar.

Es, sin embargo, hospitalario. El recién llegado no tiene que preocu­parse en pedir alimento. Tal co­mo es se le sirve delante. Una so­pa de gusanos de palmeras o un plato de hormigas fritas puede que no sea lo que un hombre blanco considera propiamente un banque­te, pero es lo mejor de que se pue­de disponer, y que para comerlo con regularidad la familia tiene que contentarse a veces con racio­nes reducidas.

Es raro que los salvajes del Orinoco hayan sobrellevado tanto tiempo al hombre blanco. Su esclavitud y torturas no datan propiamente de época reciente. El   caso  de  los  humildes Caribes que  poblaban el bajo Orinoco, que ya casi han  desaparecido, el proceso fue instituido hace siglos. La hez de las prisiones españolas, que luego vinieron a ser los vale­rosos,    intrépidos y románticos Conquistadores, diezmaron eficientemente la población sin pérdida de tiempo.

Los Conquistadores nada hicie­ron, en lo que concierne a Vene­zuela, en el sentido de civilización o de progreso. Tampoco se enri­quecieron como hicieron en México y Perú. Pero crearon una leyenda que ha llegado hasta  nuestros días.
Los Caribes sometidos a tortura, dijeron a los conquistadores que hacia la parte donde nace el Orinoco existía un lugar en el río, cuyo piso estaba pavimentado con brillantes y cuya arena era de oro.

Nosotros llegamos a imaginarlo Dorado y pasamos por él. Más no encontramos oro ni brillantes, en su lugar encontramos un punto donde no se puede existir ni  sobrellevar nunca imaginadas priva­ciones, menos sed; un lugar don­de llueve casi todo el tiempo. Destruimos la leyenda del Dorado, y también otra fantasía de época reciente.

En mi expedición de 1930 hici­mos conocimiento con una tribu de indios Guaharibos que nos con­taban historias acerca de una tri­bu de salvajes, fieros, blancos, des­nudos que todos los años robaban las cosechas de los Guaharibos y se posesionaban de muchas de sus mujeres. Al preguntarles de dón­de venían esos salvajes señalaban hacia el lugar de nacimiento del río. Esa vez creí la historia. Ahora estoy convencido de que en la región indicada es imposible la existencia de hombre alguno, blanco, indio, o de otra clase. No le­jos de esta región suficiente cer­ca para ser un lugar de peligro - pues los enemigos la frecuentan - hay una gran cantidad de cho­zas abandonadas. Son cabañas de los Guaharibos, y los vestigios de útiles de cocina, esparcidos por los alrededores son de manufactu­ra netamente Guahariba. Mis co­nocidos Guaharibos me contaban historias de los fieros salvajes blancos para que me apartara de lo que, menos de un año ante, era importante establecimiento Guaharibo.

No creo que existen indios blan­cos, pero la leyenda de que exis­ten es tan bien imaginada que ca­da vez tomará mas forma como la ha venido tomando desde hace un siglo.

Para seguir siendo un explora­dor deben conservarse muy pocas de las primeras ilusiones. La ex­periencia las disipa una a una, y luego que no queda más que la triste realidad del más rudo trabajo físico, se necesita una  inclinación mental súper-científica para seguir adelante. Hasta los peligros de la expedición pierden su fuerza de estimulación cuando, con el logro de la eficiencia, se convence uno  que no encontrara más.

Los indios de aquellas regiones son humildes, hospitalarios y bon­dadosos mientras no son hostiga­dos por los blancos. _

Los jaguares son animales cobardes a los que sólo una palmada de manos hace huir.

Yo he visto más serpientes durante la época de variedad de gayubas, en el Condado de Orange, Edo. de Nueva York, que las que 'he visto durante treinta años por Sur América.

Los cocodrilo, anguilas, tembla­dores, caribes, etc., son peligrosos, pero consérvese Ud. fuera del rio y nada le sucederá.

La Malaria es terrible. Duer­ma Ud. entre mosquiteros, y tomo suficiente cantidad de quinina por la mañana y noche, y poco tendrá que temer.

La Disentería es mala. Hierva su agua de beber, lave sus vegeta­les en una solución de permanganato de potasa y escapará de sus perjuicios.

Lanzarse por los raudales es a veces un deporte peligroso, aunque yo nunca he visto un accidente, - si la canoa no va demasiado car­gada - cuando se le encarga las maniobras a una tripulación de in­dios de río, los más hábiles para esta empresa.
Al explorador de Sur América lo espera un rudo trabajo. Hay días de excesivo calor. Hay veces que está mojado de pies a cabeza durante 24 horas. En ocasiones está hambriento.
Pero siempre existo "algo" que uno espera de un momento a otro otro, “algo” que tal vez nadie sabe que es; ese “algo” es lo que sirve de aliciente en nuestra marcha.
Herberl Spencer Dickcy

*Cronista de Atures

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NUESTRA HISTORIA Nº 38

Historia de Amazonas

EN LA BÚSQUEDA DEL NACIMIENTO DEL SOBERBIO ORINOCO (II)

Año: 1936

EL GRAN ESCÁNDALO SOBRE LA EXPEDICIÓN DE DICKEY AL DESCUBRIRSE LA FALSEDAD DEL ARRIBO A LAS  FUENTES

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